Relatos de Campañas: Justina

Justina extrajo su daga mágica del pecho del anciano. El pobre desgraciado se había interpuesto en su camino gritando que no debían entrar, que solo él era capaz de contener ese mal. Los herejes y los locos debían ser purgados, y así lo había hecho la inquisidora.
El grupo de Iglesia entró en el pequeño santuario. Tenían que investigar la perturbación mágica que habían detectado sus agentes, pero no necesitaron buscar demasiado…
Ante ellos se abría una grieta de puro poder oscuro. Damien se tiró al suelo mientras se llevaba las manos a la cabeza.

«Demasiado para sus sentidos superdesarrollados», pensó la inquisidora mientras se cubría los ojos con el brazo. La perturbación era de un rojo carmesí intenso, y de ella salían llamaradas oscuras que ondulaban toda la sala, creando una sensación de ilusión perturbadora.
La inquisidora intentó aproximarse pero la potencia de la magia que emanaba de la brecha no la dejaba avanzar.

-¡Tenemos que informar de esto! – Gritó a sus compañeros.

Fue entonces cuando vio algo en el centro de la perturbación.
Y ese algo la miró.

El ataque fue tan repentino que apenas pudieron defenderse. Justina logró empujar a su compañera, Alis, justo en el momento en el que un inmenso espadón descendía sobre su cabeza. Si no hubiese sido por ella, la abría partido en dos. Pero el precio fue alto.
Justina podía notar como su espalda ardía, y se abría. Pero no tenía tiempo para sentir dolor. Rápidamente sacó sus dos cuchillas y desvió la punta de la lanza que se dirigía a su pecho. La inquisidora saltó hacia atrás y lanzó sus cuchillas contra su nuevo enemigo, pero su ataque fue inútil contra la poderosa armadura de su rival. 

Cerca de ella, Damien se debatía en una lucha desigual contra el corpulento dueño del espadón. Guerrero y espada eran uno solo, y pese al tamaño del arma, Damien apenas podía esquivarle. Las cosas serían diferentes si no les hubiesen sorprendido. Su compañero no podría aguantar mucho más. No muy lejos de ella, Alis yacía inconsciente en el suelo. Su cabeza refulgía a la luz de la luna con destellos escarlatas de su propia sangre.
Aquello no era un combate. No podrían aguantar demasiado, así que Justina reunió poder mágico y lanzó su ataque cegador. Consiguió el respiro que necesitaba. Justina corrió hacia Alis, la alzó y huyó. Notó a su lado a su silencioso compañero gruñir de dolor.

Habían salido vivos y tendrían su venganza.

HURGRIM

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