Relatos de Campañas: Lorenzo y Janus

Lorenzo dio dos golpes suaves en el portón y luego uno más fuerte y seco. Era la señal convenida. Una pequeña ventanilla disimulada tras un tablón se deslizó y aparecieron unos desconfiados ojos verdes.

-Adelante – dijo una voz.

La enorme puerta de haya se abrió con un crujido y el agente de Wissenschaft entró en la oscuridad del interior. Recorrió un estrecho y húmedo pasillo con calma. Probablemente el recinto debió ser en otros tiempos una bodega de vino. Todavía se intuía su suave aroma, mezclado con la poderosa esencia de la madera de roble.

Entró en una pequeña habitación iluminada con una vela. Sentado tras una vieja mesa se encontraba el jefe de operaciones de Imperio para la ciudad de Anhk. El invencible Janus Faith. Lorenzo era un hombre alto, de espaldas poderosas y que poseía una fuerza sobrehumana gracias, en parte, al proceso que había logrado superar. Poseía el rango de Cuervo, su voz tenía mucho peso dentro de la organización. Aún y así, un escalofrío recorrió su espalda cuando sintió el peso la fría mirada del agente imperial. La reputación de Janus era impecable, y su labor en Anhk sin tachadura. No pudo evitar mirar de reojo el enorme espadón de dos metros apoyado sobre la pared de piedra, muy a mano del imperial.

-De acuerdo, señor Cuervo. Aquí tiene los papeles y aquí la pluma. – dijo secamente el caballero. – Tal y como nuestros negociadores han acordado, su organización abandonará esta zona, que pasará a estar bajo mi control.

-“¿Su control”? – Lorenzo era muy consciente del “su” utilizado por Janus. – Creía que trabajaba para el Imperio. ¿Acaso me equivoco?

-A usted no le importa lo que haga o deje de hacer. Vivo por y para el Imperio y la Emperatriz Elisabetta. Eso es todo lo que necesita saber. Agradezca que no le haga detener ahora mismo.

-Nuestra alianza nos está siendo muy provechosa. – Al Cuervo se le había endurecido el semblante. Él también era orgulloso. No le gustaba el tono de voz que estaba utilizando el imperial. – No creo que…

-Lo que usted crea me trae sin cuidado. – Le interrumpió Janus. Su voz era grave. Su tono no concedía réplica alguna. Eran las palabras de un hombre acostumbrado a mandar, y a ser obedecido.

Lorenzo se obligó a callar. Debía limitarse a cumplir su cometido. Cogió el documento, lo leyó detenidamente y estampó su firma. Luego se levantó y caminó hacia la puerta pero se detuvo antes de salir.

 -Quiero que sepa que nuestra asociación nos está siendo muy provechosa, amigo mío. Las palabras del agente del Wissenschaft eran neutras, medidas. – He venido hasta aquí para cederle este territorio y evitar una batalla que nos habría perjudicado a ambos.

Un gruñido. Lorenzo habría jurado que casi parecía una risa.

-¿“Amigo mío”? Yo no soy amigo de los de su calaña. Digamos que este documento ha evitado una cacería de cuervos.

-Las cosas van a cambiar mucho, Janus. – Ahora fue Lorenzo quien se rió. – Veremos quién ríe el último.

Y se marchó.

-Veremos. – dijo el caballero a la habitación. – Estoy seguro de que lo veremos…

HURGRIM

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